Fuentes web
Entradas
Comentarios

Consumismo. Mea culpa

Ayer me quedé atrapada en un atasco. Era sábado a las siete de la tarde. Cientos de familias, en sus vehículos, trataban de acceder a uno de los muchos centros comerciales que rodean la periferia de Madrid.

Cuando yo era pequeña, pasábamos los fines de semana viendo la televisión, jugando en el parque, peleándonos entre los hermanos o visitando a amigos de mis padres que tenían niños de la edad de mis hermanos y la mía.

Ahora las familias pasan los fines de semana en los centros comerciales. En sus zonas de juegos para niños, en sus establecimientos de comida rápida, en sus cines con programación para mayores y para niños. En sus tiendas. Y en sus atascos.

Ya me lo dijo una amiga maestra hace tiempo: cuando le pides a un niño que dibuje algo que haya hecho en su fin de semana, en el dibujo aparece un rótulo que pone “Xanadú”. O “Hipercor”.

Este modelo de ocio y el modo de vida que está detrás, me producen mucho rechazo. Y sin embargo, en buena medida, lo fomento, lo comparto. Podría vivir de alquiler en una casa en el centro, ir en bicicleta a todas partes. Podría prestar menos atención a las modas, consumir de una forma más ajustada a lo que en realidad necesito.

Pero no lo hago. ¿Por qué? Estoy concienciada, ese no es el problema. Y sin embargo, me conformo con cerrar el grifo del agua cuando me lavo los dientes, con reciclar en casa, con usar el coche lo menos posible, con apagar siempre todas las luces.

¿es porque estoy atrapada en el modelo? ¿es que soy una hipócrita? ¿es que los beneficios – del tipo que sean- del consumismo me parecen en realidad mayores que los inconvenientes? O tal vez solo soy cobarde y me excuso, y pienso “son otros, los poderosos, los que tienen que hacer algo por cambiar el modelo”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “pues yo no estoy tan mal, el problema lo tienen los otros…”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “no te puedes culpabilizar por algo que no has empezado tú”. Y tonta, también soy bastante tonta por gastar el tiempo en pensar lo que me gustaría ser y no soy.

Para el que no se haya enterado todavía, un resumen: Antena 3 tiene un nuevo proyecto de reality show, Famosos y mendigos, en el que varios personajes públicos (como Sofía Mazagatos o Alvaro de Marichalar) van a convertirse durante 10 días en “personas sin hogar” (algo parecido a lo que hizo Samanta Villar durante 21 días en Cuatro)

Con esos ingredientes, algunas ONG ya han firmado un manifesto de protesta, mientras la cadena dice que sus objetivos con este programa son de lo más loable y solidario (dicen que quieren visibilizar los problemas de estas personas, que quieren darles voz, etc.) Por supuesto, estos fines serían realmente loables si fuesen ciertos, pero dudo mucho de que un reality show, frívolo por definición, sea la mejor forma de sensibilizar a nadie sobre una realidad tan compleja y tan humana como la de las personas sin hogar.

Se me ocurren algunas mucho mejores. Las ONG han puesto en marcha muchas de ellas: reportajes, cortos, documentales, etc. que, tratados con el suficiente respeto y una imprescindible falta de afán de lucro, pueden ayudar a comprender la situación de las personas sin hogar y las causas relacionadas con esta situación. Pero claro, no conseguirán tanta audiencia…

Tal vez en el próximo Reality veamos a un famoso saltando la valla de Melilla…

La fotografía es de Laura Estévez, participando en el concurso “Intregractúa con Arte” del proyecto “A favor de la inclusión social”

Post relacionados

No tener hogar no es solo no tener casa (1). Pedro

Juguemos a vivir en la miseria

Pedro era electricista autónomo en Rumania cuando le pilló la crisis. Un par de malas operaciones, dos clientes impagados y se acabó lo de trabajar para comer. Con su trabajo ya ni le llegaba para pagar las deudas.

Cuando la pobreza entró por la puerta, el amor saltó por la ventana, como en el dicho popular. Su mujer se marchó y él, agobiado y solo, buscó su salida en un autobús rumbo al campo extremeño. Sin saber una palabra de español, se subió a ese autobús aferrado a una promesa incierta cuyo único atractivo era el de darle cobijo y comida durante un par de meses.

Y, como tenían que pasar, los meses pasaron y Pedro se quedó de nuevo solo, con poco dinero y sin saber qué hacer. Acabó viniendo a Madrid a probar suerte, pero la suerte no suele estar disponible en tiempos de crisis, menos si eres inmigrante y tienes 45 años.

Durante un mes tuvo que dormir en la calle, después de toda una vida al calor de un hogar y con la seguridad de una familia. Tenía miedo de noche, tenía frío y hambre todo el día. Empezó a pensar que no valía nada, a darse pena a sí mismo. Se acurrucaba, se escondía, no tenía fuerzas para que nadie le viera.

Hasta que un día, en un comedor social, un trabajador social le habló de una ONG que podía ayudarle, darle un lugar donde vivir, tramitarle ayudas del Gobierno, darle apoyo psicológico…

Conocí a Pedro después de que estuviera dos meses con esta ONG. Queríamos rodar un reportaje sobre personas sin hogar. Pedro estaba nervioso, apenas nos miraba mientras le interrogábamos sobre su vida. Es un hombre pausado, prudente, amable y educado, pero hay un miedo indescriptible en sus ojos… Aparte de las personas de la ONG que le ayudó, pocos habían oído su historia. Escuchamos con atención, montamos el reportaje en nuestras cabezas y le citamos para rodar al día siguiente conmovidos por su forma de contar las cosas, como si pidiera perdón por existir.

Pedro no pudo venir a rodar. Los psicólogos dijeron que hablar con nosotros había removido muchos recuerdos en su interior y que había tenido una recaída en la depresión de la que ellos les estaban ayudando a salir. Les dijo que nos pidieran perdón de su parte.

Una persona sin hogar es más que una persona que no tiene casa. Hay que mirar más allá de las cajas de cartón, más allá de sus barbas y sus ropas. Hay que mirar a sus ojos, leer en ellos y, si no ayudar, al menos intentar comprender…

Este anuncio fue realizado por alumnos de publicidad para un proyecto de la Fundación Luis Vives

Post relacionados

No tener hogar no es solo no tener casa (2) Famosos y mendigos

Juguemos a vivir en la miseria

Conversación de sobremesa de ayer

Roberto Maroni, ministro de interior italiano. Vía wikipedia

La cosa comenzó hablando de la propuesta del Gobierno de retrasar en dos años la edad de jubilación. Terminó en una alabanza a la política de Berlusconi con los inmigrantes. La argumentación, más o menos, siguió el siguiente hilo:

Es una gilipollez monumental que Zapatero proponga pasar la edad de jubilación a los 67 años. Y más ahora que hay 4.300.000 parados en nuestro país. Sobre todo teniendo en cuenta que los parásitos de los funcionarios no dan palo al agua y se jubilan cuando aún son jóvenes con unas pagas estupendas. Todavía estoy esperando a que hagan una política efectiva y que se preocupe realmente por los españoles, que hay un montón de familias que lo están pasando fatal y no llegan a fin de mes. Sí, y mientras hay inmigrantes como los que vienen de Transilvania y por ahí que se dedican a mendigar en España durante seis meses y el resto del año a vivir en mansiones en su país. Claro, pero si dices eso eres un facha. Con los inmigrantes teníamos que hacer como Berlusconi, que los está echando a todos…

Fue una conversación distendida. Todos los de la mesa estábamos de acuerdo en el tema de fondo, que estamos fatal, que tenemos miedo a cómo será el futuro para nosotros y nuestras familias. Pero, una vez más, me aluciné de lo claro que lo tiene la gente, de lo sencillo que les parece a los demás arreglar los problemas de España y de que soy rara: mientras hablaban pensaba “los inmigrantes están peor que nosotros, son los primeros que han perdido sus trabajos, no tienen familia aquí que les apoye y volver a su país muchas veces es incluso peor”.

Lo que está claro es que en esto de la política, como en todo, cada uno se “queda” con lo quiere. Por cierto, sentí un miedo incierto…

Entradas antiguas »