Ayer me quedé atrapada en un atasco. Era sábado a las siete de la tarde. Cientos de familias, en sus vehículos, trataban de acceder a uno de los muchos centros comerciales que rodean la periferia de Madrid.
Cuando yo era pequeña, pasábamos los fines de semana viendo la televisión, jugando en el parque, peleándonos entre los hermanos o visitando a amigos de mis padres que tenían niños de la edad de mis hermanos y la mía.
Ahora las familias pasan los fines de semana en los centros comerciales. En sus zonas de juegos para niños, en sus establecimientos de comida rápida, en sus cines con programación para mayores y para niños. En sus tiendas. Y en sus atascos.
Ya me lo dijo una amiga maestra hace tiempo: cuando le pides a un niño que dibuje algo que haya hecho en su fin de semana, en el dibujo aparece un rótulo que pone “Xanadú”. O “Hipercor”.
Este modelo de ocio y el modo de vida que está detrás, me producen mucho rechazo. Y sin embargo, en buena medida, lo fomento, lo comparto. Podría vivir de alquiler en una casa en el centro, ir en bicicleta a todas partes. Podría prestar menos atención a las modas, consumir de una forma más ajustada a lo que en realidad necesito.
Pero no lo hago. ¿Por qué? Estoy concienciada, ese no es el problema. Y sin embargo, me conformo con cerrar el grifo del agua cuando me lavo los dientes, con reciclar en casa, con usar el coche lo menos posible, con apagar siempre todas las luces.
¿es porque estoy atrapada en el modelo? ¿es que soy una hipócrita? ¿es que los beneficios – del tipo que sean- del consumismo me parecen en realidad mayores que los inconvenientes? O tal vez solo soy cobarde y me excuso, y pienso “son otros, los poderosos, los que tienen que hacer algo por cambiar el modelo”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “pues yo no estoy tan mal, el problema lo tienen los otros…”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “no te puedes culpabilizar por algo que no has empezado tú”. Y tonta, también soy bastante tonta por gastar el tiempo en pensar lo que me gustaría ser y no soy.

