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Archive for 21 febrero 2010

Hace seis meses inicié este proyecto. Pensé en este blog como un espacio de encuentro, como un lugar en el que intercambiar opiniones e ideas acerca de lo que pasa en el Mundo, un blog para mantener conversaciones de sobremesa más allá de los límites de mi salón.

Tengo que decir que la experiencia está siendo realmente enriquecedora. A través de Quieroentenderlmundo he aprendido muchas cosas de muchas personas (En este tiempo, ha habido un total de 242 comentarios, para 49 entradas). He encontrado gente muy interesante, a las que sigo en la distancia desde entonces y cuyos pensamientos me aportan nuevas formas de ver y entender el Mundo.

A modo de resumen, os presento una lista de las cinco conversaciones (de las 49 publicadas)  que más éxito han tenido (por orden en función del número de visitas) en estos meses:

  1. La gente es buena: un regalo de mi amiga y compañera, la gran Alicia, este post es el líder indiscutible del blog. Con portada de Menéame.net incluida. Su publicación, justo es decirlo, marcó un antes y un después en este blog.
  2. Desmontando a Sánchez dragó. En segundo lugar, un post impulsado por las polémicas afirmaciones del escritor acerca del secuestro de los cooperantes en Mauritania.
  3. No me veo capaz: una reflexión sobre las limitaciones de las personas, incluidas las que son clasificadas como “personas con discapacidad”.
  4. No quiero luces de Navidad: un post que pretendía hablar del destino de los fondos públicos pero que acabó en polémicas diversas sobre la religión y sus festividades.
  5. ¿Mejor que no te meneen?: una reflexión sobre el efecto Menéame sobre este blog (y sobre su autora)

    Y de los casi cincuenta post, mis dos favoritos – que no están entre los más vistos – son:

    Bueno, nada más, solo daros las gracias por compartir vuestras opiniones conmigo y con el resto de lectores, incluido un agradecimiento especial a las “estrellas invitadas”, que nos regalan sus post y su visión del Mundo de vez en cuando.

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    Hoy tenemos una nueva reflexión por cortesía de una estrella invitada que se estrena, Gabriela Cárdenas. ¿Somos capaces de ser solidarios cuando afecta a nuestra seguridad? ¿y a nuestra comodidad?

    He acabado hace unos días de leerme un libro que me transportó  a través del tiempo y la distancia a la Barcelona del Medioevo. Una época que me imagino oscura, tanto por el escenario (calles empedradas, estrechas, sucias, poco higiénicas…) como por lo que llegaba a las mentes de sus gentes (la iglesia lo dominaba todo, así que cualquiera que los contradijese era un hereje y podía acabar en la hoguera). La historia tiene algo de inverosímil, porque es difícil imaginar que una persona en esa época pueda acabar cumpliendo el famoso “sueño americano” y pasando de ser un desamparado, desarrapado, a ser un rico prohombre de la ciudad. Sin embargo, atrapa por lo que tiene de superación personal, cómo a pesar de las condiciones de partida, de los contratiempos y zancadillas de la vida, consigue al final construirse una vida ajustada a él mismo. En cualquier caso, lo que más me llamó la atención fue la descripción que hacían de la solidaridad de Barcelona para con sus “ciudadanos” (no todos claro, los judíos, moros y etc., estaban fuera de esta categoría, pero bueno… algo es algo). La forma en la que a la llamada de la “host” acudirán todos, armados y dispuestos a defender sus derechos frente a cualquiera que quisiera usurparlos.

    ¿Somos ahora igual de solidarios? Creo que no, y creo que ese egoísmo está minando en parte lo que nos define como personas sociales, entendidas como aquellas que formamos parte de la sociedad.

    En los mismos días en que leía esta historia, alrededor de una mesa, en medio de un ejercicio de Ingles, la profesora nos preguntó si habíamos sufrido o  sido testigos de un robo y se interesó por nuestra reacción. De las seis personas que estábamos alrededor de la mesa, fui la única que dijo que si veía a un ladrón intentando aprovecharse de un pobre incauto hubiese hecho algo por alertarlo. Los demás lo consideraron arriesgado. Que lo es, lo sé… no me considero especialmente valiente, al contrario. Pero tampoco me gusta ser testigo de la injusticia y no ser capaz de decir nada, la solidaridad que demuestras con los demás la considero una responsabilidad. Y me gustaría que si me están robando (por mencionar un evento digamos, no extremadamente grave) alguien se solidarice conmigo y me avise, no que todos desvíen sus miradas hacia otro lado y literalmente hagan de la vista gorda.

    Si nos comportamos así en situaciones leves, como los hurtos pequeños de los que todos hemos sido víctimas en el metro ¿Qué se puede esperar de nosotros en situaciones peores? Lo peor.

    Porque esto me lleva al recuerdo de un hecho bastante más “feo”, me lleva a la percepción que se ha construido en Colombia alrededor de los desplazados internos del conflicto armado (Colombia tiene alrededor de 4 millones de personas en situación de desplazamiento forzado).

    Un cierto día, que había cogido un transporte público en Bogotá, veo que el conductor se desvía de su ruta y empieza  zigzaguear por la ciudad. Preguntado por todos los pasajeros de la razón de esta inusual ruta nos responde que un grupo de desplazados están manifestándose en la plaza X y que está intentando esquivarla. Esta respuesta origina la siguiente reacción en una persona (mujer, 40 años, clase media, probablemente habitante de la ciudad toda su vida) “!!pero esta gente!!! ¡!Que dejen se ser vagos y se pongan a hacer algo!!! ¡!Que trabajen y nos dejen trabajar a todos!!!” os puedo asegurar que este comentario es prácticamente literal, porque me golpeó de frente … lo único que pude fue pensar “seguramente tú desde la comodidad de tu vida en esta ciudad nunca has visto como llegan personas armadas a tu casa, matan a tus seres queridos, se llevan lo poco que tienes de valor y si has tenido la suerte de escapar con vida, de pronto de encuentras con que no tienes a donde volver, que no tienes nada y que no tienes a nadie para ayudarte. Seguramente no has experimentado ni la décima parte de su dolor, desesperación y desarraigo”.

    Me indignó tanta ignorancia, insolidaridad y falta de empatía.

    Pero no me sorprendió porque al igual que mis compañeros de clase de inglés, reaccionó como reaccionamos muchos, egoístamente, poniéndonos a NOSOTROS en primerísimo lugar.

    Creemos que hemos avanzado con respecto a la edad media, pero hemos perdido lo que tenían los barceloneses de esa época, la capacidad de reacción colectiva para luchar por los derechos de uno de nosotros.

    Gabriela Cárdenas

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    Hay un poste de cuatro metros. Termina en una plataforma redonda de 50 centímetros de diámetro, donde apenas caben los pies. Tengo que escalar por él y ponerme en pie sobre esta plataforma, rodeada solo por un vacío de cuatro metros hasta el suelo. El poste tiene apoyos para ayudarme en la subida, pero no me siento capaz.

    Y, sin embargo, lo soy…

    A mi lado está Eva, una mujer de cuarenta y pocos años. Para mí, Eva es, sobre todo, una mami. Una mujer dulce, firme y diligente, que trabaja de forma eficiente y no se entretiene porque tiene que ir deprisa a algún sitio a cuidar de sus cuatro hijos. Ella también tiene que escalar por el poste. Yo no la veo capaz y, sin embargo, lo es.

    Con nosotras está Raquel, que es una persona con una pequeña discapacidad intelectual. También tiene  que escalar por el tronco y yo no la veo capaz. Pero Raquel cada día se sorprende a sí misma haciendo cosas de las que otros no la ven capaz. A menudo llora por ello, cuando hace algo que le habían dicho que no podría hacer. Ha aprendido a no confiar en las capacidades que ella misma o los demás creen que tiene. Al menos no sin intentarlo.

    Las tres lo hicimos. Escalamos el maldito tronco. Nos pusimos de pie sobre su cima. Miramos el vacío a nuestro alrededor,  sentimos la adrenalina del vértigo y del éxito… Y saltamos. Estábamos atadas por arneses. Era un campo de juego, de esos de multiaventura, en los que tienes que escalar paredes y deslizarte por tirolinas, convenientemente sujeta por cuerdas y mosquetones, y convenientemente vigilada por los responsables del parque.

    El caso es que me he acordado de esta aventura que superamos, jugando. Cuando estaba abajo, al pie del poste, y miré hacia arriba, pensé que esa hazaña estaba más allá de mis posibilidades. No era miedo a caer, ni vergüenza por no conseguirlo. Simplemente, lo veía imposible para mí. Lo intenté porque no había peligro alguno y, para mi sorpresa, lo superé fácilmente. Ahora sé que si tuviera que escalar un árbol para rescatar un gatito o para escapar de algún peligro, SOY CAPAZ DE HACERLO. Por supuesto, podría caer, resbalar, desfallecer, pero la capacidad la tengo ¿Cuántas más cosas puedo hacer y no me veo capaz?

    Llevo un par de días haciéndome esta pregunta. Me vienen a la cabeza las típicas frases de película americana, en plan “no dejes que nadie te diga lo que puedes o no hacer” y creo haber aprendido con aquel juego lo que Raquel, una persona con discapacidad,  ya sabe hace tiempo: que al menos tiene que intentarlo, aunque ni los demás ni ella misma confíen en que pueda lograrlo.

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    Consumismo. Mea culpa

    Ayer me quedé atrapada en un atasco. Era sábado a las siete de la tarde. Cientos de familias, en sus vehículos, trataban de acceder a uno de los muchos centros comerciales que rodean la periferia de Madrid.

    Cuando yo era pequeña, pasábamos los fines de semana viendo la televisión, jugando en el parque, peleándonos entre los hermanos o visitando a amigos de mis padres que tenían niños de la edad de mis hermanos y la mía.

    Ahora las familias pasan los fines de semana en los centros comerciales. En sus zonas de juegos para niños, en sus establecimientos de comida rápida, en sus cines con programación para mayores y para niños. En sus tiendas. Y en sus atascos.

    Ya me lo dijo una amiga maestra hace tiempo: cuando le pides a un niño que dibuje algo que haya hecho en su fin de semana, en el dibujo aparece un rótulo que pone “Xanadú”. O “Hipercor”.

    Este modelo de ocio y el modo de vida que está detrás, me producen mucho rechazo. Y sin embargo, en buena medida, lo fomento, lo comparto. Podría vivir de alquiler en una casa en el centro, ir en bicicleta a todas partes. Podría prestar menos atención a las modas, consumir de una forma más ajustada a lo que en realidad necesito.

    Pero no lo hago. ¿Por qué? Estoy concienciada, ese no es el problema. Y sin embargo, me conformo con cerrar el grifo del agua cuando me lavo los dientes, con reciclar en casa, con usar el coche lo menos posible, con apagar siempre todas las luces.

    ¿es porque estoy atrapada en el modelo? ¿es que soy una hipócrita? ¿es que los beneficios – del tipo que sean- del consumismo me parecen en realidad mayores que los inconvenientes? O tal vez solo soy cobarde y me excuso, y pienso “son otros, los poderosos, los que tienen que hacer algo por cambiar el modelo”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “pues yo no estoy tan mal, el problema lo tienen los otros…”. Soy cobarde y me excuso, y pienso “no te puedes culpabilizar por algo que no has empezado tú”. Y tonta, también soy bastante tonta por gastar el tiempo en pensar lo que me gustaría ser y no soy.

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    Para el que no se haya enterado todavía, un resumen: Antena 3 tiene un nuevo proyecto de reality show, Famosos y mendigos, en el que varios personajes públicos (como Sofía Mazagatos o Alvaro de Marichalar) van a convertirse durante 10 días en “personas sin hogar” (algo parecido a lo que hizo Samanta Villar durante 21 días en Cuatro)

    Con esos ingredientes, algunas ONG ya han firmado un manifesto de protesta, mientras la cadena dice que sus objetivos con este programa son de lo más loable y solidario (dicen que quieren visibilizar los problemas de estas personas, que quieren darles voz, etc.) Por supuesto, estos fines serían realmente loables si fuesen ciertos, pero dudo mucho de que un reality show, frívolo por definición, sea la mejor forma de sensibilizar a nadie sobre una realidad tan compleja y tan humana como la de las personas sin hogar.

    Se me ocurren algunas mucho mejores. Las ONG han puesto en marcha muchas de ellas: reportajes, cortos, documentales, etc. que, tratados con el suficiente respeto y una imprescindible falta de afán de lucro, pueden ayudar a comprender la situación de las personas sin hogar y las causas relacionadas con esta situación. Pero claro, no conseguirán tanta audiencia…

    Tal vez en el próximo Reality veamos a un famoso saltando la valla de Melilla…

    La fotografía es de Laura Estévez, participando en el concurso “Intregractúa con Arte” del proyecto “A favor de la inclusión social”

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    Juguemos a vivir en la miseria

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    Pedro era electricista autónomo en Rumania cuando le pilló la crisis. Un par de malas operaciones, dos clientes impagados y se acabó lo de trabajar para comer. Con su trabajo ya ni le llegaba para pagar las deudas.

    Cuando la pobreza entró por la puerta, el amor saltó por la ventana, como en el dicho popular. Su mujer se marchó y él, agobiado y solo, buscó su salida en un autobús rumbo al campo extremeño. Sin saber una palabra de español, se subió a ese autobús aferrado a una promesa incierta cuyo único atractivo era el de darle cobijo y comida durante un par de meses.

    Y, como tenían que pasar, los meses pasaron y Pedro se quedó de nuevo solo, con poco dinero y sin saber qué hacer. Acabó viniendo a Madrid a probar suerte, pero la suerte no suele estar disponible en tiempos de crisis, menos si eres inmigrante y tienes 45 años.

    Durante un mes tuvo que dormir en la calle, después de toda una vida al calor de un hogar y con la seguridad de una familia. Tenía miedo de noche, tenía frío y hambre todo el día. Empezó a pensar que no valía nada, a darse pena a sí mismo. Se acurrucaba, se escondía, no tenía fuerzas para que nadie le viera.

    Hasta que un día, en un comedor social, un trabajador social le habló de una ONG que podía ayudarle, darle un lugar donde vivir, tramitarle ayudas del Gobierno, darle apoyo psicológico…

    Conocí a Pedro después de que estuviera dos meses con esta ONG. Queríamos rodar un reportaje sobre personas sin hogar. Pedro estaba nervioso, apenas nos miraba mientras le interrogábamos sobre su vida. Es un hombre pausado, prudente, amable y educado, pero hay un miedo indescriptible en sus ojos… Aparte de las personas de la ONG que le ayudó, pocos habían oído su historia. Escuchamos con atención, montamos el reportaje en nuestras cabezas y le citamos para rodar al día siguiente conmovidos por su forma de contar las cosas, como si pidiera perdón por existir.

    Pedro no pudo venir a rodar. Los psicólogos dijeron que hablar con nosotros había removido muchos recuerdos en su interior y que había tenido una recaída en la depresión de la que ellos les estaban ayudando a salir. Les dijo que nos pidieran perdón de su parte.

    Una persona sin hogar es más que una persona que no tiene casa. Hay que mirar más allá de las cajas de cartón, más allá de sus barbas y sus ropas. Hay que mirar a sus ojos, leer en ellos y, si no ayudar, al menos intentar comprender…

    Este anuncio fue realizado por alumnos de publicidad para un proyecto de la Fundación Luis Vives

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